La invasión, el turno de Chile

Los acontecimientos en Chile nos enseñan que los caminos para tramitar el descontento social son diversos e imprevisibles. Cada uno de los países del sur global está componiendo sus propias herramientas para hacer frente al neoliberalismo. Pero las respuestas de los gobiernos de turno son calcadas como calcadas son sus recetas: represión y criminalización de la protesta, estigmatización de las masas, demonización del activismo social, desautorización de la política en la calle, censura y campañas de pánico moral agitadas desde los medios empresariales y la cohorte de expertos oficialistas. El desafío sigue siendo el mismo: leer los sucesos de Chile al lado de los acontecimientos de Ecuador, de las elecciones en Bolivia, Argentina y Uruguay, de la detención de Lula en Brasil, de la resistencia a los bloqueos en Venezuela, del boicot oficial al proceso de paz en Colombia. Distintas herramientas pero la misma lucha. Desde el LESyC queremos saludar a los pueblos chilenos que se levantaron una vez más. Les presentamos dos artículos escritos por compañeros chilenos al calor de la calle, Moro Maxwell y Silvio Cuneo. La ilustración que la acompaña pertenece también a un artista chileno, Claudio Romo Torres.    

 

 

 

 

 

Alienados y alienígenas

 

Por Moro Maxwell

 

 

El laboratorio experimental de la Escuela de Chicago se está quemando desde hace una semana. Los Doctores en Economía se preguntan qué es lo que falló, cual fue la variable que no consideraron. Contaban con la desidia, con la lobotomía, con la alienación, con la fluoxetina. Pero algo se salió de control. Los ratones han desatado el caos. El presidente declara una guerra contra un “enemigo poderoso”, y saca a los militares a la calle, mientras su esposa siente que sus privilegios están siendo amenazados por alienígenas y les recomienda a sus amigas que se abastezcan ante una posible invasión. El 1% más rico de la población percibe al resto, a los otros, a los marginales, como enemigos. Ese 1% ha saqueado el país durante cuarenta años y sus empresas han evadido impuestos millonarios, pero no aguantaron que los estudiantes quisieran evadir el pasaje del metro por un alza en sus tarifas. “Evasión” es una de las palabras clave. “Robo”. “Saqueo”. ¿Quién es ese enemigo? ¿De dónde vienen los alienígenas? Los patrones durante años han gobernado como si se tratara de administrar una empresa. Maximizando sus beneficios, abriendo una brecha social profunda y ancha. Tan profunda y tan ancha que se quedaron viviendo del otro lado, sin escuchar, sin ver, sin capacidad de entender. Mientras Santiago se quema el presidente come pizza con su familia en el barrio alto. No entienden. No quieren entender. La respuesta siempre ha sido la soberbia. “Son vándalos, violentistas, delincuentes, los aplastaremos”. Pero ya no funciona la fórmula de la criminalización. De tanto usarla se gastó. Hay un ser extraño en las calles. No se explican de dónde viene. Ese ser extraño tiene miles de cabezas, hace años que no tiene voz, lo dispersan en una esquina y aparece en otra, no tiene representante con quien pactar, tiene una estructura amorfa, ¡sin líderes corruptos!, está esparcido por todo el territorio, tocan insistentemente un patrón rítmico (negra, negra, corchea, corchea, negra). “¿Qué querrá decir?”, se pregunta el presidente, “¿será un mensaje encriptado, como en Encuentros cercanos del

Tercer tipo?” El gobierno no sabe con quién hablar. Convocan a los viejos políticos profesionales, pero esos están sumamente desacreditados y perdidos. Los desempolvan igual. Tienen sueldos millonarios, trabajan para los patrones. Los políticos hablan otro idioma. Salen en la tele haciendo mímicas. Pero los aliens ya no creen en ellos, ni los escuchan.

 

El presidente sale pidiendo perdón por no haber entendido. Se victimiza. Pero no es un problema comunicacional, a pesar de que hablen otro idioma, porque está bien claro lo que los aliens piden, pero es inaceptable. No, no. Pero el fuego sigue desparramándose. ¡Ah! Que orgulloso de nosotros estaría Michimalonco si nos viera, piensan los aliens. El presidente ofrece algunos premios. Habla de manera paternal.

 

Para sus adentros se lamenta que esto ocurra justo ahora, cuando él, sus hijos y familiares estaban haciendo tan buenos negocios; por otro lado, no sabe si lamentarse o estar orgulloso de que lo comparen con el dictador: “¡Ah! ¡Pero si él estuviese aquí!” Con él aprendió, con él se enriqueció. Trata de emularlo. Sigue sin darse cuenta que es una crisis estructural del modelo neoliberal. Hay políticos que intentan sacar partido de la crisis. Hay analistas en la televisión, todos pagados por el capital. Afuera los ratones del laboratorio están por doquier. Siguen encendiendo barricadas en cada esquina. Les ponen veneno, les disparan, y ahí siguen. Desafiando el toque de queda. Insisten en el patrón rítmico. Lo percuten con ollas, sartenes, cucharas. “¿Se comunicarán así entre ellos?”, se pregunta el presidente. Hay un festival de fascismo en la televisión, sacan a las momias más antiguas, intentan diversos tonos, primero amenazan, después infunden miedo, después tratan de empatizar con los aliens, dicen que tienen razón, el presidente hace su mea culpa en horario prime: “Ah! ¡Sabíamos que había desigualdad, pero nunca nos imaginamos que les molestara tanto, discúlpenos!”. Don Francisco llora por el quiebre de la familia chilena, y nada. Ratones y aliens copan Plaza Italia. Corren los cómplices del modelo a La Moneda, todos preocupados por la propiedad privada, por sus intereses individuales, por sus privilegios. No saben lo que significa la palabra comunidad. Tal vez por eso no entienden. Han ensayado montajes, luchas entre vecinos, conspiraciones ácratas, recurrieron a los antimotines, pero nada les resulta. El presidente trae a un ejército de ocupación, pero los muertos porfían, los aliens resisten. Desatan una guerra psicológica, traen a expertos, el rector de una universidad da cátedra de arrogancia y desprecio. Algunos férreos partidarios del negacionismo, niegan; negaron todo antes, y niegan todo ahora. Parece que en las elites se desata una competencia por quien es más soberbio, quien es más egoísta, quien saca la porción más grande. Se afilan los colmillos. El ministro entra en una espiral de enajenación, tiene problemas psiquiátricos el pobre hombre. En el parlamento han montado un circo. Ofrecen un show en horario de matiné, rasgan sus camisas; los aliens con los ratones están en la calle, así que no ven el show. En el Cine Arte Normandie, en plena Alameda, se proyecta el Joker, pero pasa algo extraordinario, la película ocurre afuera del cine. La turba quema todo a su paso, destruye los símbolos del mercado, hay rabia contra los ricos, contra las máquinas, contra la Máquina, contra el sistema. Los ratones no han visto la película, pero saben que si no se rebelan lo que les espera es una muerte lenta. Se están quedando sin agua, porque el presidente y Thomas Wayne (que a veces son la misma persona) se la está vendiendo a la agroindustria y a las transnacionales de extracción minera, a las que le regala el mineral a cambio de propinas.

Entretanto, han comenzado las mesas técnicas, estrategia ya conocida, inventada por una señora que estuvo antes a cargo del laboratorio diciendo que era socialista: frente a cualquier problema instauraba una mesa técnica, y por arte de magia el problema desaparecía, quedaba en el olvido. Pero los ratones están aprendiendo a  olvidar, están viendo sufrir a todos los animales, y están entendiendo que el agua va a volver a los ríos cuando luchen juntos, y eso es lo que están haciendo. Tal vez es eso lo que significa el patrón rítmico: cuando se caen las instituciones corruptas, sólo queda la manada; cuando la manada marche junta volverá el agua a los ríos. Y lo repiten insistentemente, para que a nadie se le olvide: negra, negra, corchea, corchea, negra.

 

 

 

Al poder no le importan los muertos

 

Por Silvio Cuneo

 

 

El Joker, film con claras reminiscencias a Taxi Driver y Tu Ridi, ofrece una metáfora de una sociedad enfadada y una posible rebelión desorganizada que no sabe cómo responder a la opresión y a la desesperanza. Ciudad Gótica parece ser una alegoría del Nueva York de los años 70, un momento crucial de un cambio de timón donde el abandono del estado social fue tristemente compensado con un brutal estado penal y policial. La represión y el encarcelamiento masivo fueron dos de sus más nefastas consecuencias.

En el Chile actual, el descontento es generalizado: el alza de la luz, un alto desempleo y pensiones de hambre; en este contexto el alza del metro generó enormes movilizaciones y miles de jóvenes - en una protesta que en principio fue pacífica- decidieron evadir el pago del metro.

El escenario es claro. No hay que ser muy perspicaz para entender que, ante tanta rabia acumulada, lo mejor y lo más barato es rebajar el precio del Metro, o distribuirlo de manera que los ricos subsidien a los pobres (los pobres gastan cerca el 30% de su sueldo en pasajes mientras que los ricos el 1.4%). Para el gobierno, sin embargo, dar razón a los jóvenes evasores es señal de debilidad.

La falacia de la pendiente resbaladiza les hizo pensar que tras la rebaja del pasaje podían venir a pedir pensiones y sueldos dignos, igualdad entre hombres y mujeres y así hasta el infinito. Conocedores de que tienen la fuerza, la opción que les pareció más razonable fue militarizar el Metro. Largas filas de ‘tortugas ninja’ vigilando las estaciones, que al final resulta mucho más costosa que la rebaja del pasaje.

Como suele ocurrir, a la desproporcionada represión siguieron actos de vandalismo (primero hechos aislados, luego generalizados), y así, no sé bien si de manera improvisada o claramente intencionada, se fue apagando el fuego con bencina. Luego se aplicó la llamada ley de seguridad interior del estado, cuerpo legiferante que en esencia busca neutralizar y criminalizar disidencias políticas.

Entonces el vandalismo fue en escalada y el gobierno entendió que sólo la destrucción masiva podría debilitar el gran apoyo ciudadano a la protesta social. El presidente, como si nada pasara, se fue a celebrar el cumpleaños de su nieto, mientras carabineros abandonaban los puntos más conflictivos de Santiago permitiendo la destrucción.

Entonces el gobierno, amparándose en el decreto ley al que llamamos ‘Constitución’, declaró estado de emergencia restringiendo las libertades más básicas y dejando a los militares a cargo del orden público. Aquí conviene recordar que los militares no han sido preparados para velar por el orden público. Su formación tiene que ver con eventuales guerras y la decisión del gobierno, en este sentido, evidencia que la protesta social es su enemiga.

La situación actual es lamentable y la presencia militar en las calles nos recuerda inevitablemente los tiempos de la dictadura. En este sentido, sin dejar de manifestarse y protestar en contra de las injusticias intolerables, llamaría a quienes lo hacen, especialmente a los más jóvenes, que no se regalen. Que se cuiden y que sean conscientes de que las cosas pueden empeorar y que al poder no le importan los muertos.

                 

 

 

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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