Chi-raq

por Nahuel Roldán

 

Como nos tiene acostumbrado Spike Lee (director de grandes biopic), desde las ya clásicas “Crooklyn” (1993) y “Clockers” (1995) en las cuales propone una relación nítida entre la violencia, las familias afroamericanas, la policía y las drogas en Brooklyn, y el film “He Got Game” (1998) en el que Lee expone con excelencia las vinculaciones entre la política, la prisión y el deporte (universitario y de élite), en la más actual “Chi-raq” (2015) –con gran elenco– nos muestra con crudeza y sin eufemismos la violencia en Chicago.

Chicago es la tercera ciudad más grande de Estados Unidos, y ya en diversas ocasiones fue retratada y exhibida la violencia de sus calles. Películas estupendas como “Los intocables” y “Enemigos Públicos”, o series televisivas como “Boardwalk Empire” o “Prison Break”, pusieron en la pantalla grande y chica las batallas entre pandillas, las relaciones entre policías y criminales, drogas y prisiones, en fin toda una gama de violencias urbanas que ponen a Chicago en lo más alto de los rankings de las ciudades violentas.

Esta película del 2015, generó grandes controversias, ya desde el momento de las bambalinas del rodaje y la elección que hizo el director del título del film. Nos es complicado desde el sur global comprender como la música y las pandillas se interrelacionan tan íntimamente en los posicionamientos de resistencia barrial y de conformación de identidades juveniles. Así las relaciones entre policías, raperos, pandillas y delincuencia son de importancia para entender los entramados sociales y culturales de un espacio urbano donde hay profusa violencia, pero que además pasan muchas otras cosas.

Cuando en el 2011, se realizaron informes que daban cuenta –por un lado– de cien mil pandilleros pertenecientes a 59 pandillas, y –por el otro– que 319 niños de edad escolar habían recibido disparos –en una relación que no queda clara o que no explícita los vínculos–, los ciudadanos de Chicago comenzaron a referirse a su ciudad como “Chirak”. Este mote trató de dar cuenta de una noticia que circuló en varios diarios yanquis: “Las muertes en Chicago superaron en número a las bajas de soldados norteamericanos en Irak”.

En este convulsionado año en Chicago surge la música de Durk Banks –más conocido como Lil Durk–. Durk es líder de su propio colectivo llamado OTF –Only the Family–, y su música se inserta en el Drill (perforar). Hacia el interior del Hip-Hop, esta rama del Drill construye su estilo como crítica al hip-hop convencional que fracaso en poder retratar “la realidad de las calles”. El estilo del Drill, es crudo, desolado y violento: como las calles de Chicago. “Drill” es un término del argot de los bajos fondos, que utilizaban los viejos gánsteres cuando se debía “perforar” a alguien con la aparición de las nuevas armas automáticas en aquella época. Este conflicto entre nuevos y viejos raperos llegó incluso a enfrentar por Twitter, a través de amenazas, al ya consagrado Lupe Fiasco y al ascendente Chief Keef –de la nueva oleada Drill–.

Este estilo en el que se inserta Lil Durk –con un espectacular éxito–, fue conocido también como “música muerta”, y sin dudas reseña el brutal soundtrack de la catastrófica violencia de las pandillas de chicago, así como su astronómico índice de asesinatos.

En el 2016 se realizó una exposición en el Instituto de Arte de Chicago de las tres versiones que Vincent Van Gogh pintó de la “habitación en Arlés”. Y en una estupenda nota publicada en El País –“Chicago, herida de bala”–, la cronista Amanda Mars, realiza una comparación y nos dice que Chicago –como la obra de Van Gorh– también tiene varias versiones.

Porque en Chicago vive Ken Griffin, un multimillonario, que en el 2016 realizó una de las compras privadas más caras de la historia: el “Intercambio” (1955) de Willem de Kooning y “Número 17” (1948) de Jackson Pollock, por ambas se pagó 500 millones de dólares. Griffin gestiona Citadel, que es uno de los fondos de inversión más importantes del mundo y que tiene su sede en el rascacielos que convirtió a Chicago en una meca de la arquitectura. También en la ciudad está la sede de la industria de aviones Boeing –uno de los símbolos americanos–, tiene una de las redes de metro más grandes del mundo, que se atesta de turistas y viajeros. Largas calles de teatros con luces de neón. La élite académica –con más de 130 campus universitarios– y la mejor escuela de negocios (The Booth), que ocupa el primer ranking mundial del seminario The Economist.

Pero aparte de esta versión, existe otra, a tan solo 25 minutos del Instituto de Arte. En un recorrido de auto de media hora los carteles de “Exposición Vicent Van Gogh” cambian a “Stop violencia, zona infantil” o “Zona libre de disparos”. En el 2015, Chicago tuvo casi 500 homicidios –uno de los más sangrientos en dos décadas–. Un tercio de estos homicidios son intrahogares o entre vecinos, el resto son entre bandas criminales. Ni políticos ni policías tienen una explicación para este fenómeno, que contiene variables complejas como aquella que expone estadísticamente que en Chicago –con una tercera parte de la población– se incautan cinco veces más armas de fuego que en Nueva York –y más que en todo Estados Unidos–. Un mapa que realizó el Chicago Tribune, y que actualiza a diario con los homicidios, muestra que la violencia se concentra en el sur de Chicago, donde impacto fuertemente la pobreza y la droga –así como la segregación racial hacia la mayoritaria población negra–. Protestas continuas, edificios abandonados y una proliferación de armas es –lo que definió Michael Pfleger, un padre blanco, heterodoxo y activista que inspiró un personaje en el film de Spike Lee– “una tormenta perfecta para la violencia”. El superintendente interino John Escalante, disparó un diagnóstico para pensar la problemática: “Algo tiene que cambiar cuando los jóvenes temen más las consecuencias de dejar las bandas que a la justicia”.

A Michael Pfleger lo preocupa que nunca en 40 años “había visto tan mal la relación entre la comunidad y las fuerzas de seguridad”. Esta reflexión surge por una interacción que intenta la policía, en razón de un algoritmo que la fuerza del orden construye en Chicago para determinar qué tan cerca una persona está de morir de un balazo. Mars dice con respecto a esto que “hay una suerte de big data macabro en Chicago”. Así la policía confecciona unos carnets personales que van acumulando puntos (a través de distintas variables: arrestos, vínculos, amistades, lugar donde vive, etc.), conforme se acerca a la frontera de los 200 puntos la muerte es más probable. La policía, entonces, convoca reuniones para advertirles a las personas sobre este peligro. Pero los jóvenes ya no confían en la policía, aun cuando la mitad de los muertos de enero a marzo del 2016 figuraban en la lista de la policía. Aunque, por supuesto, esto no puede regenerar la confianza entre la policía y la comunidad, perdida hace tiempo por una larga lista de sucesos de violencia y abuso policial, que culminó con el caso Laquan McDonald en octubre del 2014. Caso que le costó el puesto al superintendente de policía Garry McCarthy y la prisión perpetua al oficial Jason Van Dyke, quién fusilo por la espalda al joven Laquan con un disparo y luego ya en el piso lo remató con 15 más. Todo el caso se devela por un video del patrullero que se hizo público 13 meses después. Mientras el video no fue expuesto funcionó la “maquinaria del silencio”: la negación institucionalizada del abuso y la violencia policial, en la que todos los informes y la investigación policial indicaba que los disparos y el accionar policial había estado justificado. Este caso fue paradigmático por otras razones: inició la publicación de una oleada de vídeos de abusos policiales. Tanto que el profesor de Derecho Craig Futterman impulsó una plataforma de defensa en casos de violencia policial. Lo interesante de este fenómeno es que reveló que, de la totalidad de agentes de la policía de Chicago, sólo un pequeño porcentaje es el que comete estos abusos, en palabras de Futterman: “La mayoría de los agentes hacen bien su trabajo, pero los que abusan han estado cubiertos por una cortina de silencio”. En abril del 2015 se publicó un informe encargado a un grupo de trabajo a raíz del caso McDonald, que presentó cifras estadísticas exponiendo las prácticas racistas del cuerpo policial: entre 2008 y 2015 la policía disparó a 404 personas, de las cuales 74% fueron negras y el 14% hispanas. Este informe termino con el interinato de Escalante, cuando el alcalde demócrata Rahm Emanuel decidió nombrar como nuevo superintendente al afroamericano Eddie Johnson.

Todos los estudios que comparan a la nueva y a la vieja Chicago, señalan una disminución de la violencia: en 1992 fueron muerta por homicidio 936 personas, el doble que en la actualidad, y la policía ya no se enfrenta a las grandes bandas de gánsteres de los ’80, sino más bien, a “clicas” de jóvenes que controlan una o dos manzanas. De estos grupos juveniles surgen los raperos. Tanto la música de Chief Keef como de Lil Durk se convirtieron en los himnos de fiesta de las jovencitas blancas y ricas; pero no sólo las clases altas siguen a los raperos más populares, sino también la policía. Siguiendo a los raperos, la policía entiende que puede –por un lado– tener vigiladas a las facciones callejeras, y –por el otro– llevar un registro del complejo, fragmentado e incomprensible paisaje de las pandillas.

Con esta data en la mente, con este panorama en el imaginario, el film de Lee se vuelve más interesante y controvertido. “Chi-raq” como sátira representa este mundo de Chicago. Un musical conducido por Samuel L. Jackson, en el contexto de una huelga de sexo por parte de las mujeres para acabar con la violencia en Chicago. Speak Lee toma el argumento de la comedia de Aristófanes, intitulada Lisístrata, en la que una mujer convence a otras mujeres de iniciar una huelga sexual para obligar a los hombres a llegar a la paz de la interminable Guerra del Peloponeso. Las críticas no se hicieron esperar, y el argumento del film es para pensar y discutir. Creer que las mujeres de Chicago, luego de perder un hijo y ser golpeada por “su hombre”, puedan obligarlo a convertirse en un sujeto respetuoso de la mujer, los niños y sus pares, es decir, en la ley y la paz civil, iniciando una huelga de sexo es como mínimo controversial. En palabras de Amy Ho: “Las mujeres tienen otros poderes que sus vaginas”. Samuel L. Jackson da la bienvenida a una ciudad de “dolor, miseria y lucha”, esa es Chicago.                          

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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