Clara Pérez Cejas

La imagen que falta: murales homenaje a las muertes jóvenes

 

Por Clara López Cejas*

A la vuelta de la esquina de cada barrio popular es muy común encontrar rostros de jóvenes pintados envueltos en banderas y consignas. Esos murales están señalando una ausencia pero también una presencia: la muerte de jóvenes. Muertes que nunca fueron agendadas por los grandes medios de comunicación, y si lo hicieron, seguramente fue para señalar su bestialidad. Muertes que estuvieron en la boca de los vecinos, formando parte de las correderas. Muertes presentes en la vida de sus amigos/as que eligieron rescatarlas del anonimato y dibujarlas en la pared que alguna vez compartieron.

 

Los murales que registramos están emplazados en distintos barrios de la ciudad La Plata como Los Hornos, San Carlos, Ringuelet, el Churrasco, Cementerio, el Mondongo, Hipódromo y Berisso. En ellos aparecen Toty, Lucas, Tomás, el Bebe, Sebastián, Víctor, Fede, Omar, el gordo Seba, Nicolás y Martín, todos jóvenes entre 18 y 30 años. Jóvenes que encontraron la muerte muy rápido. Tres tipos de causas encontramos para esas muertes, tres formas de morir muy habituales cuando se es varón y joven y se vive en un barrio marginal: la violencia policial, la violencia interpersonal o el asesinato por parte de otro/s jóven/es, y la violencia o accidentes de tránsito.

 

Estos pibes, que en vida cruzaron con sus motos los límites de lo habitual, con sus muertes prematuras desbordaron los espacios designados tradicionalmente para la conmemoración. Porque en las barriadas la solemnidad se deja de lado y se crean modos más públicos, donde el llanto convive con la sonrisa. Las tumbas se reinventan y se sacan afuera, se incluyen en la vida cotidiana. Los pibes muertos son devueltos a la calle de la mano de sus pares, pintados, lookeados, acompañados de estampitas con cumbias de fondo. Se los convierte así en símbolos de identidad colectiva, partícipes de la ocupación del territorio en permanente disputa.  

 

Las conmemoraciones pintadas son una expresión que emerge con fuerza como respuesta social a los fallecimientos frecuentes. Son un modo de singularizar cada historia, de resistir a la naturalización de las muertes prematuras, y marcarlas.

 

Estos murales son motorizadas principalmente por familiares y amigos/as, con

cooperación de vecinos y vecinas, y en algunas ocasiones, por organizaciones sociales y de derechos humanos o artistas formales. Los/as hacedores de imágenes se encaminan en la experiencia de la intervención del espacio público desde criterios estéticos propios, y sin ser productores/as formales ni pertenecer a circuitos artísticos clásicos van componiendo un fenómeno de arte popular.

 

Las obras funcionan también como dispositivos populares de denuncia. Se convierten en herramientas de reclamo de jóvenes que no cuentan con la legitimidad de mostrar a sus muertos como víctimas, toda vez que sus injusticias no forman parte de la agenda del periodismo de las grandes empresas, ni son amparados/as por los tribunales judiciales.

 

Los 12 murales que seleccionamos para esta muestra tienen muchos elementos en común que nos permiten pensarlos como conjunto. Esas características afines, que enseguida vamos a repasar, nos están informando del diálogo que existe entre sus hacedores, obras que se fueron influenciando mutuamente, aunque hayan sido pintadas en barrios alejados y por manos que no se conocían entre sí. Porque los murales -y esta es la tesis que nos interesa compartir- son la expresión de una cultura subalterna que se va esparcimiento por abajo del asfalto.

 

Los homenajes, la creación y producción de los murales, abren un espacio de encuentro, pero también son la forma que eligieron sus compañeros/as para transitar el duelo colectivamente, de aprender la muerte joven y abrupta. Mediante las representaciones de las desapariciones físicas y el uso del soporte callejero, se generan nuevos insumos morales para componer una identidad en los territorios, configurándose estas intervenciones como nuevos emblemas barriales.

 

En cada mural homenaje se reconocen piezas de una cultura juvenil de los márgenes donde se destacan la forma de vestirse, el modo de cortarse el pelo, los berretines, es decir, la forma de hablar que comparten, los vehículos para moverse reventando el motor por la ciudad, frases de rock o cumbia, la fe en la Virgen de Luján y el Gauchito Gil, y la bronca con la policía. Cuando las caras de los pibes muertos se pintan en la calle, ante los ojos de todos/as, ya no son solo ellos, sino lo que para sus amigos significan ahora. Estas obras y las muertes honradas son también muestras de orgullo de una juventud bastardeada, son la respuesta a las notas criminalizadoras de la sección “policiales” en la disputa feroz por la identidad, son la frente en alto contestando la mirada de costado.

 

En todas las composiciones prepondera el rostro del joven muerto homenajeado como elemento visual central e indiscutible. Estas caras devuelven a los pibes a sus barrios, acompañadas por sus nombres o apodos, reforzando quién falta, haciendo presente una ausencia. Los cuerpos jóvenes de varones negros, además, son representados con una actitud vital, se los ve fuertes pero alegres. Se los muestra con posiciones corporales distendidas, sonrientes y desafiantes, haciendo gestos con las manos y con miradas pesadas que interpelan a los/as espectadores/as. Con la intención de recordarlos como eran, se incorpora a las representaciones elementos que caracterizaban a cada pibe, se llenan las nuevas presencias de imágenes de sus pasiones, que hablan más de sus vidas que de sus muertes: clubes de fútbol, bandas de música, santos populares y dedicatorias de amigos/as y familiares. Los murales, entonces, recogen elementos tradicionales de la cultura popular y parental, pero reponen también los modos de estar, sentir y obrar propio de las culturas juveniles.

  

En los murales fotografiados, los jóvenes se retratan venerados con cruces colgadas, destellos de luz y santos pintados a los costados, entre cielos de nubes y estrellas. Se presenta una prolongación de esas vidas en la imagen de las que se esperan nuevas formas de compañía y cuidado. Hay una interacción entre los/as amigos/as y familiares, y los jóvenes muertos representados cuando se habita esa pared tomando una cerveza o festejando ahí un cumpleaños, o cuando se mira el rostro pintado y se le pide protección. La realización de la conmemoración deviene en ofrenda y ritual con prácticas individuales y colectivas que llenan de significado el soporte físico de la pared.

 

La pared donde están los murales nunca es cualquier pared. Ninguno se pintó al azar, todos están en el barrio, sea la puerta de la casa, en una avenida para que lo vean todos/as, en la calle donde lo mataron, sobre la plaza que frecuentaban, en la escuela, en el cementerio o en la esquina donde paraban. Esos son los puntos recurrentes para realizar los murales homenajes a las muertes jóvenes. Cuando los barrios se marcan y las paredes se usan para apoyar una dedicación de amor, el fanatismo por un club de fútbol, el fragmento de una canción, o el rostro de un amigo muerto, el espacio público es territorio de pertenencia, de expresión y resignificación.

 

Los murales homenajes no son simples gigantografías de sus protagonistas. Son señaléticas de las muertes silenciosas, son desenlaces de vidas en la violencia, son soportes de la indignación de los y las pobres, son dispositivos de justicia popular, son hacedores de memoria, imágenes de las ausencias, son duelos colectivizados, disputas del espacio público, son otro modo de resistir a través del ritual, son expresión del arte barrial y son revanchas de la juventud criminalizada.

 

 

 

*Clara Pérez Cejas es Licenciada en Artes Plásticas (UNLP) e integrante del colectivo Wacha. La muestra que acá se exhibe es un resumen de la Tesis de grado “Muertes pintadas. Murales homenaje a jóvenes fallecidos en barrios populares platenses” dirigida por Marcela Cabutti y Esteban Rodríguez Alzueta, presentada en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP en diciembre de 2018.

 

 

 

Referencias:

1. Mural homenaje a Ángel Sebastían Cejas en 155 e/ 52 y 53.

2. Mural homenaje a Fede G. ubicado en 520 y 118.

3. Mural homenaje al Bebe Martínez ubicado en 7 e/ 507 y 508.

4. Mural homenaje a Toty Mogica ubicado en 143 y 528.

5. Mural 1 homenaje a Tomás Guerrero ubicado en 64 y 135.

6. Mural 2 homenaje a Tomás Guerrero ubicado en el Cementerio Municipal.

7. Mural homenaje a Nicolás Rinaldi ubicado en 117 y 521.

8. Mural homenaje a Lucas Bustamante ubicado en 32 e/ 146 y 147.

9. Mural homenaje a Martín ubicado en 127 entre 8 y 9.

10. Mural homenaje al gordo Seba ubicado en 8 e/ 125 y 126.

11. Mural homenaje a Victor Emanuel González ubicado en 60 e/ 1 y 115. 

12. Mural homenaje a Omar Cigarán ubicando en 115 y diagonal 80.

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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