Círculos viciosos: la memoria de los cuerpos

Sobre Los posibles, una obra coreográfica de Juan Onofri Barbato, con música de Ramiro Cairo y producida por Km29; llevada al cine por Santiago Mitre.

 

por Esteban Rodríguez Alzueta

Pispeando desde la pared, detrás de una pared, como queriendo encontrar una grieta en los muros que empiezan a levantarse y a separarnos. Los cuerpos se posicionan o son posicionados, van y vienen por una especie de pasarela que se confunde con un callejón sin salida. Puede ser un pabellón o un pasillo del barrio, pasadizos oscuros, interminables, laberínticos. En ellos se respira claustrofobia y adivina tensión. Nadie está relajado, todo el mundo se mantiene en guardia. Los cuerpos parecen fieras, pero no lo son. Improvisan formas, o eso creemos. Porque las poses que repiten son las rutinas aprendidas, los movimientos impuestos que quedaron grabados en el cuerpo.

Parecen aburridos, el tiempo se estira y los cuerpos empiezan a moverse en cámara lenta. El tiempo está muerto o parece muerto. Hasta que uno de ellos se zambulle por una especie de tobogán y se para delante de nosotros para mirarnos fijamente. No es un actor que busca el punto fijo para concentrarse. Busca la mirada del espectador y lo interpela. Sabe que ahí, el vecino alerta, es sólo un espectador sentado que no puede hablar por teléfono, que no podrá llamar al 911. No quiere entonces su complicidad, solo espera que por una vez sea testigo de la vida que anda a los tumbos, hecha de cemento y polvo. Pero no estará sólo cuando mira, todos lo siguieron, todos miran. Porque los cuerpos se siguen de cerca, nunca están solos. Saben que una persona sola, es una persona “regalada”. Hay que cuidarse entre todos, hacer el aguante y los cuerpos tienden a juntarse.

Ahora los cuerpos están enfilados y la escena que componen se parece a una rueda de reconocimiento, o esa es la primera imagen que se nos viene a la cabeza cuando se enciende el reflector gigante. Tal vez por eso empiezan a correr, quieren fugar. Pero… ¿de qué están huyendo? Y con la palabra “huida” se cuelan otra vez nuestros prejuicios. ¿Por qué no pensar mejor que están jugando? No están merodeando, están jugando a la mancha. Porque los cuerpos se caen y levantan, para volver a caer. Después de tanta persecución los cuerpos aprendieron a correr sin llamar la atención. Los cuerpos se salen de sus casillas, quieren correr y corren, saltar y saltan. Parecen electrocutados, no pueden estarse quietos. Pero nunca se pierden de vista, siempre estarán al alcance, sea para relevarse o apoyarse mutuamente. Nadie tiene la batuta, todos tienen un movimiento para compartir con el otro.

¿De dónde provienen esos movimientos? Porque los cuerpos, dijimos, no se improvisan. Se dice que los tics son movimientos involuntarios y sin motivo aparente de grupos musculares. Tienen en común que son movimientos convulsivos, inoportunos y excesivos y que el efecto de distracción o el esfuerzo de voluntad disminuyen tal actividad. Los tics se dan con más frecuencia en los niños de entre 8 y 12 años, y son muy raros en niños menores de 7 años. Por lo general los tics desaparecen después de la adolescencia. Pero acá, los cuerpos están llenos de tics.  

Para Pual Nizan los tics no necesariamente son movimientos convulsivos o excesivos. O en todo caso ese “exceso” solo puede ser percibido desde una cultura diferente. Digo, los tics son movimientos involuntarios, gestos y hábitos encarnados, por tanto imperceptibles. Los tics son los clises del cuerpo. Un cuerpo con tics es un cuerpo lleno de gestos hechos, de reflejos más o menos condicionados. En su novela Aden Arabia, Nizan hablaba de aquellas personas bien entrenadas, llenas de tics. De aquellas personas que “se mantenían en pie a fuerza de tics”. Dice Nizan: “creyendo actuar y premeditar sus actos según su voluntad, después de todo no hacía más que seguir el juego de fuerzas que no le debían a él su poder, fuerzas a las que, si hubiera perdido su tiempo en buscarlas, habría terminado encontrando misteriosas y cargadas con un significado indignante.” 

Se averigua a Durkheim detrás de las palabras de Nizan. Los hombres somos objetos de modos de obrar que no elegimos ni controlamos, modos de obrar que ejercen una presión sobre nosotros. Mientras actuamos de acuerdo a esos modos de obrar, tendemos a imputar el sentido de nuestros actos al libre albedrío, pero basta que uno se aparte de ellos o les ofrezca resistencia para reconocer el carácter coercitivo que esos modos de obrar, exteriores a los individuos, ejercen sobre ellos.

Los tics sociales, entonces, son la expresión de los cimientos de la sociedad. Una sociedad organizada según rutinas, con movimientos involuntarios, que se explican en su adscripción a una determinada comunidad, la expresión de los flujos de una ciudad. Un cuerpo con tics es un cuerpo habituado, que ha encarnado los modos de obrar, un cuerpo programado para moverse de determinada manera.

Pero un cuerpo, es mucho más que una máquina programada. Es un campo de disputa, el territorio de una contienda. Ya sabemos que donde hay poder hay resistencia. Y acá los cuerpos ejercen una resistencia. Saben que no pueden bajar la guardia, que deben mantenerse alertas.

Los movimientos de estos jóvenes no son movimientos espasmódicos y tampoco producto de la danza contemporánea. Son cuerpos dueños de poses y actitudes que fueron cultivando impacientemente, más o menos secretamente, para transformar los estigmas en emblemas. Los cuerpos de estos jóvenes guardan movimientos que nos informan del ocio, pero también de las prácticas de control con las que suelen medirse cotidianamente. A través de sus movimientos se averigua el karate, el hip hop, se cuela el break, el boxeo, la esquina, los jueguitos electrónicos, el fútbol y el parkour. Pero también se adivinan las detenciones por averiguación de identidad, los cacheos, la humillación, el destrato, incluso, el desafío, el irrespeto. Después de tanta policía encima, tanto hostigamiento, llevan grabado en los cuerpos la cabeza gacha, las manos contra la pared o las rodillas en el piso con los brazos en la espalda. Pero también, el mentón alto que fueron posando mientras se paraban de palabra para desafiar a la autoridad y no reglarse, para componer una cultura de la dureza que les permita hacer frente a las humillaciones cotidianas de las que son objeto por parte del resto de los vecinos del barrio.  

Pero las limitaciones se vuelven posibilidades cuando empiezan a bailar. De eso se trata “Los posibles”. Lo que los cuerpos pueden sólo podrán averiguarlo entre todos. La potencia de uno se potencia con la potencia del otro. La libertad de uno se refuerza con la libertad del otro. Por eso los cuerpos se agitan y se relajan una y otra vez. Los cuerpos se siguen y persiguen, se acarician y empujan, se acompañan y acurrucan, se arrastran, caen y vuelven a levantarse. Los cuerpos brincan y se balancean. Quieren levitar y de hecho lo hacen. Hasta que… pum pum pum! Otra vez la adrenalina que corre por el cuerpo. No hay coreografía que pueda mapear la deriva que llevan esos cuerpos transpirados. Se mueven como cazadores furtivos, aprovechando las oportunidades que se le presentan. Cada obstáculo es un nuevo movimiento para los cuerpos, otro desafío que activa la grupalidad. Encima los cuerpos se multiplican con las sombras que proyecta la luz. Una luz que, dicho sea de paso, está para subrayar los contrastes de la vida cruda.

Punto y aparte merece la música de la obra. Basta una batería para bombear los cuerpos e inspirarles otra energía. La percusión es la banda de sonido que necesitan aquellos cuerpos envueltos en cemento. La música se siente en el pecho y todos queremos empezar a saltar con ellos. La música es el ruido de fondo, una música enlatada y áspera, una partitura para no desfallecer y seguir en pie haciendo pogo.

Los cuerpos se siguen moviendo hasta que se mandan a guardar otra vez, relinchando. Los cuerpos no tienen vergüenza, se cansan también. Están agitados y se sientan a descansar, o mejor dicho, a tomar aliento, a darse manija, para seguir agitando, aguantando. En ese momento, los cuerpos empiezan a hablar, a pronunciar frases indescifrables. Y lo que balbucean se parece a un mantra. Los cuerpos están en pleno trance y empiezan a dibujar en el aire; y lo que forman parece calcado de la realidad.

Los cuerpos traspiran y se tragan su propia saliva, solo pueden arengar, solo quieren arengar, hacer el aguante. Si no hay un punto de partida tampoco habrá un punto de llegada, y no por eso las cosas tienen un final abierto. Lo sabemos de memoria: demasiados círculos viciosos tiene la vida hecha a los tumbos.

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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