Pablo Toranzo

Hacer hablar a los cuerpos: reponiendo su dignidad

A propósito de Tras la cuarta reja. Fotografías adentro de los muros de Pablo Toranzo

Por Esteban Rodríguez Alzueta

 

Win Wenders decía que la vida era en colores, sin embargo, cuando se la contaba en blanco y negro era más realista. La fotografía de Pablo Toranzo no necesita reponer el blanco sobre el negro para devolverle los contrastes a cada una de las situaciones carcelarias y la tensión que experimentan los cuerpos que habitan esos espacios. La ausencia de luz en los lugares cerrados se encarga de agregarle contraste a la fotografía que se vuelve más dramática a medida que se mira la serie en cuestión. Porque

cuando no hay luz o esta escasea, una foto se encargará de iluminar a las otras fotos.

 

Pablo Toranzo es un fotógrafo tucumano que durante nueve meses frecuentó el penal de varones de Villa Urquiza de esa provincia. En total fueron 130 visitas donde Pablo tomó más de 15.000 fotografías. En ese mismo período, mientras Pablo hacía su trabajo, en algún lugar de aquellas unidades morían nueve presos. Según el servicio ocho de ellos por peleas y uno “suicidado”.

 

Pablo no hace periodismo y tampoco es cronista. Es alguien que hizo de la fotografía una manera de explorar universos que no se dejan ver fácilmente, que tendemos a ocultarlos de diferentes maneras. Después de tanto espectáculo, tenemos tantas imágenes en la cabeza, que nos impiden ver aquello que tenemos en frente a pesar de que haya sido denunciado por muchos organismos de derechos humanos. Andhes (Abogados y Abogadas del noroeste argentino en derechos humanos y estudios sociales) es una de estas organizaciones, a través de la cual conocí el trabajo de Pablo. Hace poco Andhes publicó el informe “Buenas prácticas en relación a personas privadas de libertad” (2018) donde realiza un diagnóstico sobre los patrones que facilitan la tortura en estos espacios que fue acompañado con una selección de aquellas fotografías que tomó Pablo Toranzo.  

 

Además de fotógrafo, Pablo es geógrafo y glaciólogo. En 2006 se alistó a Greenpeace, una militancia que lo llevaría muy lejos del país. Se cuenta que anduvo por Quebec registrando el conflicto con las papeleras lo que le costó una acusación por piratería y algunos días en prisión al impedir que los barcos que transportaban material contaminado partieran del puerto. Estuvo, además, en el Líbano, Siria e Irak, lugares donde la tierra cruje o, mejor dicho, la hacen crujir. No era la primera vez que visitaba esta región, en el 2003 había estado en Bagdad justo cuando se produjo la invasión de las tropas norteamericanas a ese país.    

Detrás de cada serie hay una historia. El punto de partida de la serie de la que estamos hablando es la siguiente: Allá por octubre de 2014, Pablo fue invitado por Silvana Martínez, psicóloga y directora de Clasificación y Criminología del Servicio Penitenciario, a registrar la vida cotidiana en el penal de Villa Urquiza.  No tardó en ganarse la sospecha y enemistad de los penitenciarios y la simpatía y amistad de los presos. Tal vez la palabra “amistad” sea una palabra que le queda grande a los vínculos que trabó con ellos. Sin embargo, su compromiso logró captar los afectos que se juegan allí dentro. De hecho, hizo migas con algunos presos que le abrieron otras puertas a un mundo velado a todos aquellos que no pertenecen a la ranchada.  

 

Los penitenciarios saben que la cárcel suele ser la mejor escenografía para el público curioso que dirige su mirada como si estuviera en un parque zoológico. Todavía recuerdo, cuando era estudiante de abogacía, a los profesores de derecho penal organizando visitas guionadas a las cárceles. Una cárcel, entonces, que se puede contar a través de un circuito pautado por el Servicio que va de la cocina a la visita, pasando por los talleres y los recreos. Allí estaba la cárcel “mostrable”, la cárcel de la resocialización, esa imagen vetusta que ni ellos se la creen. Allí están los monstruos, los hombres y mujeres infames.

Pero como Pablo sabía que había otra cárcel detrás de la cárcel servida por los penitenciarios, y empezaba a moverse como pez en el agua, los penitenciarios  empezaron a seguirlo, a provocarlo. Primero probaron con el miedo, meterle miedo: “los presos son peligrosos”, “anda con cuidado que tienen facas”. Después, siguieron las miradas tajantes. Hasta que un día después de las visitas, fue testigo, él y su cámara, de la siguiente escena: un guardia le pegaba a un preso al que había hecho arrodillar. Un familiar le había dado una daguita corta, el guardia la encontró y empezó la paliza. Pablo pudo registrar la escena. Como les cuenta a Eduardo Anguita y Daniel Cecchini, que lo entrevistaron para Infobae: esa vez los penitenciarios quisieron romperle la cámara de fotos y no sólo la cámara de fotos. Lo persiguieron un buen rato dentro del penal. Pablo tenía la llave de una oficina y se encerró, empujando un escritorio para bloquear la entrada. Los penitenciarios le pateaban la puerta mientras Pablo hablaba por su teléfono celular con Silvana: “Me van a hacer cagar. ¡Vení, sacame!— dijo. Media hora después, Silvina llegaba a la Unidad.

 

Pablo, además, practicó aikido mucho tiempo. Lo cuento porque en sus días en la cárcel las técnicas que aprendió de más joven le sirvieron para plantar el cuerpo y pararse de manos frente algunos penitenciarios que se mostraban cada vez más molestos por su presencia en aquellos pasillos. Sobre todo después de aquella escena. Los penitenciarios se mueven con impunidad, más aún cuando aquellos lugares son objeto del descontrol judicial y están blindados con los prejuicios de la vecinocracia. Saben que las marcas que dejan sus golpes en los cuerpos de las personas, al no ser registradas, seguirán siendo mudos. Los cuerpos no hablan o no pueden hablar y cuando logran hacerlo, a muy pocos les importa. Y Toranzo quería hacer hablar a esos cuerpos, registrar el dolor pero sobre todo las partes vitales.

 

Hay una estructura violenta que tiende a ocultarse, que permanece en secreto, blindada por la pachorra y el espíritu de clase de los operadores judiciales que trabajan en cámara lenta. Una violencia que la intuimos pero no nos indigna, y si la conocemos, la indignación que suscita estará compartimentada dentro del ambiente de los derechos humanos. Una indignación sin onda expansiva, que no tiene capacidad de sensibilizar al resto de la sociedad que festeja los índices de encarcelamiento. Se trata, entonces, de sacar a la luz la violencia que tiende a ocultarse, que sabe que podrá comunicarse, pero que tiene igualmente muchas dificultades para ser denunciada y ser tenida en cuenta a tiempo.  

 

Pero por encima o debajo de esa violencia hay otras prácticas vitales que se les escapan a las organizaciones que trabajan en esos espacios. Ese universo, precisamente, fue el que también registró Pablo: una mirada que no se detenía en la foto-hecha, llena de horror. Un registro que iba más allá, buscando alcanzar la vitalidad que resiste en los cuerpos, que va madurando al interior de las camaraderías, que van secretando a través de diferentes prácticas.  

 

Los cuerpos de los jóvenes encerrados son un retablo donde se puede leer la crueldad del encierro pero también las resistencias de los presos. Una resistencia hecha de una dureza que no se improvisa, que hay que saberla cultivar, ganarla. Porque es cierto que los jóvenes son objeto de una máquina de terror, pero también son sujetos de otras prácticas a través de las cuales ejercen la resistencia, jóvenes y no tan jóvenes que se empecinan en modelar una identidad a través de las poses que le imprimen a los cuerpos, adquiriendo determinadas destrezas y habilidades, colgando rosarios, guardando estampitas, a través de los tatuajes y las incrustaciones que surcan la piel, las heridas que van dejando las peleas con sus pares, el deterioro de la salud por gripes y enfermedades respiratorias acumuladas producto de las condiciones insalubres, cuerpos saturados con hidratos de carbono y regados con pajarito. Eso es exactamente lo que captó Pablo. El cuerpo es un tapiz variopinto donde se exhiben las masculinidades, la mejor prueba del prestigio acumulado, el espejo de una cultura del aguante. Porque en la cárcel no solo hay que aguantar los golpes y el verdugueo de los penitenciarios, también el ventajeo de los pares, el frio y el calor, la mala alimentación y los olores nauseabundos, los vínculos afectivos que se debilitan y rompen, la soledad y la falta de intimidad, la pérdida del derecho al pudor. Y no hay aguante sin risa. La sonrisa no es la pose para la foto sino una actitud de dignidad.   

 

Hay otra cárcel adentro de la cárcel, o mejor dicho, hay muchas más cárceles adentro de la cárcel. Cuando miramos la cárcel con la perspectiva de los actores involucrados en ella nos damos cuenta que la cárcel será vivida de muy diferentes formas. Pablo se dirige a las cosas para devolverle una imagen, para captarlas como vivencias, darles la palabra, transformarla en signo, expresión. Las cosas dejan de ser cosas, imágenes que, por el solo hecho de ser repetidas son redundantes, perdieron su carga crítica, capacidad de interrogación. Captar la cárcel, las vivencias de la cárcel, para reponer los costados expresivos que se nos escapan cuando hacemos hincapié en la truculencia. Porque la truculencia es otra manera de ocultar, de imponer la ceguera. Las imágenes truculentas nos hacen mirar para otro lado. A veces por culpa, otras veces porque las imágenes fascinan a los profesionales de la violencia. No estoy diciendo que la violencia no tenga que ser registrada y denunciada. Pero las personas, insisto, son mucho más que objeto de violencias. Atender a su capacidad de empoderamiento es devolverle la humanidad.  

 

Termino con las palabras que eligió Pablo para abrir su libro:  “Titulé esta obra “Tras la 4ª Reja” por todo lo que representa esta reja tanto para los internos como para los guardiacárceles del Penal de Villa Urquiza. La 4ª reja marca un límite físico pero, sobre todo, un límite simbólico de lo que significa estar preso.  Es ella la que divide a los ciudadanos libres de los presos. Ella es testigo de la pérdida y de la recuperación de la libertad, siempre y cuando -como se dice en la jerga tumbera- “se sepa caminar derecho”.

La 4ª reja es la puerta de entrada a una realidad completamente desconocida por la mayoría de nosotros. Realidad que solo puede ser conocida superficialmente si no nos involucramos en el tema. Realidad que no es mostrada completamente ni por guardias ni por los internos”.

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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