Ahí viene la plaga*

por Esteban Rodríguez Alzueta

[I]

“Plagar” no es un libro de fotos, aunque sabemos que Leandro de Martinelli es aficionado a la fotografía y fue además el que tomó las fotografías que ilustran el libro.

“Plagar” no es un catálogo de arte callejero, aunque sabemos que de Martinelli estaba especialmente interesado en relevar los grafitis antes de que las paredes se blanqueen o derrumben.

Pero tampoco es un texto curatorial, aunque sabemos que las calles, para de Martinelli, se han convertido en una galería a cielo abierto que puede visitarse las 24 horas del día los 365 días del año.

“Plagar” es un ensayo audiovisual donde de Martinelli piensa en voz alta el ruido de las imágenes callejeras. Porque estas imágenes tienen la capacidad de generar ruido, hacen ruido. Un ruido que averiguamos en las habladurías de la vecinocracia, en las sirenas de la policía y en el pssssssssshhhhh de los aerosoles.

“Plagar” es una declaración de guerra, o mejor dicho, una suerte de manifiesto estético. El autor lo dice entre líneas, a través de Dunchamp: “la pintura está agotada”. Está claro que están hablando de la pintura de caballete, o mejor dicho, de la pintura enmarcada por Bellas Artes. Porque “Plagar” es un libro contra Bellas Artes, contra la universidad, un libro que quiere debatir el lenguaje universal, poner en cuestión el canon estético promovido por la universidad y sus estándares de belleza.

Más aún, el libro quiere ser una denuncia de las solapadas alianzas entre las Bellas Artes y el Colegio de Arquitectos, entre los profesionales del arte y la ingeniería civil, una alianza desigual que averiguamos en los zaguanes de los edificios nuevos decorados con pinturas o esculturas de profesionales del arte local. Pero también, las alianzas entre los profesionales y los inversores, entre el saber y el poder que Leandro de Martinelli llama en el libro la “razón inmobiliaria”.

El grafiti no es, entonces, un mero pasatiempo de chicos aburridos sino la forma de integrar al cotidiano a conflictos más grandes. ¿Cuáles son esos esos conflictos? Revisemos algunas de esas luchas anónimas.        

 

[II]

No hay grafiti sin transgresión. Hay un límite que se desafía todo el tiempo cuando se sale a grafitear, el límite que impone la propiedad privada, el perímetro de la propiedad. Se sabe, si la propiedad es privada y la libertad de uno termina donde comienza la libertad del otro, entonces salir a grafitear es allanar uno de los fetiches de la urbanidad. Una propiedad representada por las grandes inmobiliarias dedicadas a sobrevalorar la libertad y el bolsillo de los propietarios. Cuando la ciudad se organiza a través del mercado inmobiliario, la ciudad dejará de ser un bien de uso para convertirse en un bien de cambio. Las paredes de la ciudad son intocables, se vuelven una postal que se dispone para seguir revalorizando la ciudad que se verticaliza, una postal para ser admirada por el turista eventual. 

Empiezo por acá, porque el grafiti en la ciudad de La Plata está denunciando la especulación inmobiliaria y la gentrificación. Detrás de las firmas de Logia, Falopapas, Doble 51, MEC’s, Manijas Extremos Crew, ACF, Lula Limón, Lumpenbola, Cons Kamikase, están los cartelitos de Building, Moragues, Dacal, Plaza, Credil. Logo y contra-logo de una disputa callejera por el acceso a la ciudad.

Allí donde hay una casona tapiada esperando el mejor momento para ponerla en venta, allí donde se colgó finalmente el cartelito que reza “se vende”, habrá un grafiti al acecho. La ciudad está llena de grafitis porque está llena de casas que se venden, es decir, de futuros edificios, de propietarios especulando. De hecho, como señala Leandro de Martinelli, dos de cada diez casas en el cuadrante platense están deshabitadas.

La estetización de la ciudad esconde un negocio millonario: las inversiones inmobiliarias hechas con plata en negro, no declarada o de dudosa procedencia. Emprendimientos muchas veces organizados a través de los fideicomisos que buscan blanquear el dinero sucio. El grafiti, entonces, viene a impugnar el relato inmobiliario y su armonía patrimonialista. La ciudad –dicen los grafiteros- no es patrimonio de la humanidad, la ciudad es nuestra.

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[III]

Las paredes que eligen los artistas callejeros son distintas a las paredes que suelen elegir los y las militantes sociales. Estos últimos prefieren las fachadas de los edificios públicos que van quedando al costado de cada marcha, el circuito movilero. Porque los militantes pintan con guardaespaldas. Entre paréntesis es fácil pintar cuando detrás hay montones de militantes que se sonríen y sacan fotitos.   

Por el contrario, las paredes de los grafiteros son las paredes privadas, paredes que no se encuentran sino que hay que salir a buscar. Los grafiteros se meten con la propiedad privada y lo hacen asumiendo riesgos, desafiando a las autoridades.

Los grafiteros denuncian lo que la política no puede o no quiere denunciar, porque la especulación inmobiliaria no empezó con la gestión de Julio Garro, sino que nos remonta a la de Julio Alak y, por su puesto, a la familia Bruera. Todos ellos reformaron el código de planeamiento urbano a la medida de la especulación inmobiliaria. Vaya por caso Building de Julio Chaparro, los apretadores del colegio de martilleros, el Grupo Randazo o Inmuebles Plaza que se enriqueció con los loteos de Bruera; Dacal Bienes Raíces de Gustavo Rodríguez Dacal, vinculada al ex secretario de Medios de Kirchner, Pepe Albistur; Moragues Inmobiliaria y Moragues Edificios (de Javier Moragues), Credil; Adra (de Adolfo Zelaya Ibarrola) y Borok Construcciones (de Pablo Mindlin).

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[IV]

Cuando el mercado sigue siendo la institución que distribuye la palabra, entonces siempre van a tener más chances de llegar más lejos y a más personas aquellos que tienen más recursos económicos. Decime cuáles son tus recursos, el dinero que dispones, y te diré si puedes usar el espacio público, es decir, si puedes expresarte libremente.

Hay una empresa de comunicación de publicidad callejera en la ciudad, WS (Walls Street), que pego un cartel en las marquesinas que regentea en los escaparates de los bondis que decía: “Toda la vía pública en una sola empresa”.

Es decir, el grafiti no solo denuncia la especulación inmobiliaria y la gentrificación sino la monopolización de la palabra, la privatización de lo público.

Hay una paradoja en todo esto: porque por un lado el mercado sobre-informa, nos satura de información, nos bombardea de información, pero al mismo tiempo esa información no se puede cuestionar. La sobreinformación se completa con el bloqueo comunicacional. Hay mucha dificultad para acceder a los espacios públicos y cuestionar esa información.

El espacio público no se dispone para ser embellecido y admirado por el turista eventual, sino que es un espacio de encuentro y comunicación. Por eso le llamamos “espacio público”. Pero cuando el espacio público se clausura, cuando el mercado lo restringe, el grafiti le devuelve el carácter público, abriendo un ámbito de litigio y manifestación.

Me llama la atención de que la vecinocracia se indigne con los grafiteros, y no lo hagan con las empresas de publicidad callejera. Cuando yo me subo a un micro, salgo a caminar, veo que el espacio público está saturado de publicidad callejera y a mí nadie me consultó. Todo el tiempo me están bombardeando con imágenes y eslóganes que no comparto y tampoco puedo discutir porque implica pagar un precio al que no puedo acceder. El grafiti les discute en la cara sin pedir permiso. Se reapropia del espacio público. Como dijo la antropóloga paulista Teresa Caldeira: “Sus usurpaciones marcan la reinscripción de lo público en la ciudad privatizada (…) El grafiti y las pintadas reclaman las calles, fachadas y muros como espacios de comunicación y cuestionamiento en lugar de separación”. Los grafiteros transforman las paredes en cajas de resonancia. No piden permiso, toman las paredes.

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[V]

Pero no todo es política en el grafiti. El grafiti está hecho de otros valores, otras energías, otra química. Hay otras dimensiones que no pueden dejarse de lado cuando se piensa al grafiti.

Por un lado, hay una dimensión lúdica. El grafiti es juego, diversión. En el grafiti el arte se confunde con el juego. Pintar donde no se debe, esquivar a la policía, burlar a control urbano, huir de los guardias o serenos, salirse del radio de las cámaras de videovigilancia o correrle carreras, todo esto es parte del juego, del grafiti.

Por el otro, hay una dimensión química que tampoco hay que perder de vista. El grafiti es un juego pero también una aventura. Una aventura llena de riesgos, temores, desafíos y emociones. Hay que pilotear el miedo. El corazón bombea más rápido a la noche cuando se empuña un aerosol. Corre adrenalina. Acá el arte se confunde con la velocidad. “El peligro dignifica”, dice Pérez Reverte en el libro que dedica al grafiti. El riesgo es constitutivo del grafiti. Si no hay peligro no es grafiti.

Y finalmente hay una dimensión grupal. El grafiti activa la grupalidad. Se puede salir a pintar solo, pero siempre estarán los pares descifrando el grafiti. Se escribe sobre todo para los otros grafiteros, para adquirir prestigio y acumular una reputación que se cobra en diferido con la admiración.

 

[VI]

“Vándalo” es el que vaga, el que se mueve por la ciudad como un cazador furtivo, aprovechando las oportunidades que se le van presentando. Su itinerario no es una página en blanco, fue tramada durante el día, mientras circulaba por la ciudad, camino a la facultad, al trabajo, a la casa. Porque hay una diferencia entre circular y vagar. Se circula durante el día y se vaga durante a la noche. Son trayectorias hechas con intensidades diferentes y apuestas diferentes.

Michel del Certeau distinguía, a la hora de pensar las prácticas –las prácticas juveniles, agregamos nosotros-, entre tácticas y estrategias. En pocas palabras -porque no es el lugar ni el momento de meternos con esta cuestión- podemos sintetizarlo de la siguiente manera: la diferencia entre las estrategias y las tácticas hay que buscarla en el lugar, entre tener o no tener un lugar. Cuando no se tiene lugar hay que tener tiempo, ganar tiempo. El tiempo lo es todo para aquellos que se mueven por el territorio enemigo. Las tácticas están hechas de tiempo, para ganar tiempo. Quiero decir: la diferencia entre los grafitis y los murales es la diferencia entre las tácticas y las estrategias, entre la calle y la universidad. La facultad de Bellas Artes puede pintar murales porque tiene un lugar en la ciudad, un lugar que le permite negociar con las autoridades y los desarrolladores inmobiliarios. En cambio, los grafiteros rara vez contarán con ese tiempo, y si lo tienen estarán haciendo otra cosa.  

Esas tácticas juveniles de expresión han sido referenciadas como problemáticas, identificadas como hechos vandálicos, “crímenes de lesa urbanidad” dice de Martinelli. No sólo sus acciones están en el código penal (en la figura destrucción de la propiedad privada) sino que fueron a parar a los códigos de falta, habilitando a las patrullas de control urbana a perseguir a los grafiteros. Perseguir al grafiti es proscribir la palabra, es una forma de practicar la censura previa.  

Termino. Una plaga es una calamidad, un golpe, una herida. Plagar es salir a golpear. Se golpea con palabras muchas veces ininteligibles, que no se dejan descifrar fácilmente. Palabras que reclaman la voluntad de entender, que nos invitan a detenernos y leer en cámara lenta. Cuando la vida se acelera, el grafiti es una invitación a demorarse en el tiempo y de paso a convertir el no lugar (gentrificado) en un lugar.   

El libro de Leandro de Martinelli relee al grafiti con todo este telón de fondo. Hay una política aerosolada que los jóvenes van secretando en los muros de la gran ciudad mientras se van reinventando ellos mismos como una obra de arte.

 

*Desgrabación de la charla con motivo de la presentación del libro “Plagar. El graffiti desde el Bronx a La Plata” de Leandro de Martinelli, realizada en el marco de “Edita: feria de editores”, en el Centro Cultural Alborada el sábado 16 de diciembre de 2017.

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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