Cristina Barres 

“Esto es mío”

A propósito de Robo y regalo de Cristina Barres


Por Esteban Rodríguez Alzueta*

 

 

 

“El primero que, habiendo cercado un terreno, se le ocurrió decir Esto es mío, y encontró gentes lo bastante simples para creerlo, ése fue el verdadero fundador de la sociedad civil.” Estas fueron las palabras que eligió Jean-Jacques Rousseau allá por 1754 para graficar el origen de las desigualdades entre los hombres. Palabras que fueron a parar muy tempranamente a la obra de Marx que va a escribir una serie de artículos para la revista que dirigía, La Gaceta Renana, en 1842 cuando todavía residía en Colonia, Alemania. Los artículos, que serán objeto de la censura prusiana, fueron conocidos como “Debates sobre la ley relativa al robo de madera”. En ellos encontramos a Marx analizando el papel que desempeñó el alambre púa en la reproducción de las nuevas desigualdades sociales. En efecto, cuando la legislación civil privatizaba los terrenos comunitarios estaba criminalizando las prácticas comunitarias que se habían desarrollado en torno a la apropiación colectiva de la naturaleza. Los bosques milenarios no eran de nadie, es decir, todos podían llevar allí a pastar sus animales y recoger leña. Los cazadores no eran furtivos y la pesca tampoco estaba reglamentada. Pero desde el momento que se declaró la apropiación exclusiva de la naturaleza no sólo se estaban redefiniendo los ilegalismos plebeyos sino imponiendo dos fenómenos que Marx llamó “expropiación” y “enajenación”, que contribuyeron al pauperismo social: los campesinos fueron despojados de los medios de producción de vida y conminados a tener que vender su vida para satisfacer las necesidades suyas y las de su grupo. Los que se negaron a hacerlo y se dedicaron a errar por las praderas aprovechando las oportunidades que la naturaleza les proveía fueron declarados vagos y se lanzaron tras ellos para obligarlos a que asocien su tiempo libre a un espacio de producción. Todos temas muy conocidos y luego analizados por Marx más pormenorizadamente en el famoso capítulo XXIV de “la llamada acumulación originaria” del libro El Capital.

 

El alambre de espino es tan viejo como el fusil semiautomático que años después perfeccionarían Winchester y Remington. De hecho estas siguen siendo las dos herramientas para proteger las praderas y los animales que pastan en las tierras cercadas. Su inventor fue un granjero de Illions, Estados Unidos, J. F. Gildden, que en 1874 obtuvo la patente para fabricar un alambre de metal con púas que había inventado junto a una máquina especial para ello. Un método muy económico para proteger los campos de los granjeros que empezaban a invadir las llanuras del oeste de Misisipi, el “gran desierto americano”. Proteger los campos quiere decir proteger al ganado expuesto a los peligros del viaje y a la dureza del clima, pero también a las incursiones de los pueblos originarios que se negaban a tomar posesión de la parcela que el estado les concedía y aceptar con ello los nuevos modos de vida. Como se ve, la historia del capitalismo tiene varios capítulos comunes en todos lados.  

 

Más de doscientos años después de aquel memorable párrafo de Rousseau, en Argentina, seguimos más o menos en el mismo lugar. Porque la tierra no solo se ha expropiado sino además concentrado cada vez más en pocas manos. Pero la dominación no solo es económica sino cultural, impone restricciones materiales pero también el silencio a todo aquello que no se adecua a los valores que vienen con los estilos de vida agregados a la propiedad privada.

Prueba de ello son las disputas por la tierra, por la madre tierra, que protagonizan actualmente muchas comunidades mapuches en el sur de Chile y Argentina. De hecho el telón de fondo del “conflicto mapuche” es la tierra pero también la historia vinculada a esa tierra. Porque la tierra que los descendientes mapuches reclaman está cargada de historia, una historia hecha de violencia, es decir, de expropiaciones, persecuciones, pobreza, estigmatización y aniquilación. Una historia que se quiere también silenciar, hacer desaparecer.  

 

La privatización de la tierra en el país es de larga duración, más vieja inclusive que el estado nacional. Y lo mismo puede decirse de la extranjerización del suelo argentino: En el siglo XIX el reparto se dio entre los terratenientes ingleses y la elite criolla. Hoy, la concentración de la tierra en manos extranjeras, sobre todo en determinadas provincias, es un proceso que recomenzó en las últimas décadas de la mano del monocultivo, los mega-emprendimientos turísticos, el extractivismo (la minería a cielo abierto y el fracking petrolero), y la especulación inmobiliaria. Sin embargo, entre la acumulación originaria y la actual, la violencia y la amenaza de la violencia de estado, siguen siendo el común denominador.

Pero esta vez el estado no necesita movilizar todas sus tropas para exterminar al indio, le alcanza con desplazar una dotación de gendarmes o disponer cuerpos especiales antidisturbios de las policías locales para dispersar a los manifestantes o encarcelar, llegado el caso, a sus referentes principales. En cuanto a los patrones les basta enclavar carteles que recuerdan su pertenencia exclusiva. Son carteles que tienen mensajes entre líneas porque todos saben que detrás de un alambre púa está el lobby de los terratenientes en el gobierno o en la justicia federal o provincial para que movilicen sus tropas para su protección y reproducción de las desigualdades.

 

Para ponerlo con algunos ejemplos: Se calcula que el italiano Luciano Benetton posee alrededor de un millón de hectáreas en la Patagonia; que el magnate financista británico Joe Lewis tendría unas 18.000 hectáreas en la provincia de Río Negro, y que el dueño del multimedios global Ted Turner sería propietario de unas 5000 hectáreas en Neuquén y Tierra del Fuego. La mayoría de esas tierras fueron adquiridas durante el gobierno de Carlos Menem y se compraron sin importar si en esos lugares estaban asentadas las comunidades mapuches, había cementerios de sus pobladores, o se estaban cercando las áreas abiertas donde estaban los bosques milenarios donde las machis toman sus insumos para practicar los rituales forjadores del lazo social para su comunidad.  

Cristina Barres es una artista plástica que vive en San Martín de los Andes y desde hace diez años se dedica a coleccionar carteles que rezan “Propiedad privada. Prohibido pasar”. Cristina forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y de la Asociación Civil “Vientos de Libertad” un espacio de asistencia para adicciones; y es coordinadora de Art Boomerang, en la ciudad de San Carlos de Bariloche y San Martín de los Andes. Ha realizado, entre otros, junto a Paola Alvarenga, la performance “Tomando el lago” y desarrollado “Óptimist”, un proyecto protagonizado por niñas, niños y adolescentes de los Parajes Payla Menuco y Pil PilI de la Comunidad Mapuche Curruhuinca, y de distintos barrios. Ambos experiencias fueron intervenciones simbólicas en el espacio público a través de las cuales se los habitaba creativamente para devolverles vitalidad y libertad.

 

“Propiedad privada. Prohibido pasar”, es una colección que luego se fue convirtiendo en una investigación y más tarde en una obra artística, un proyecto, esta visto, destinado a perdurar en el tiempo. En septiembre de 2016, en el espacio de arte La Paternal, Barnes presentó su proyecto bajo el título “Robo y regalo”. La muestra constaba entre 150, 200 carteles, de chapa o madera, de medidas variables, robados o des-activados de territorios que fueron legítimamente apropiados. Una cartelería que nos informa de la imposibilidad de acceder a orillas de lagos, lagunas, ríos, arroyos y/ o concretar alguna cumbre.

 

Dice Barres en su memoria conceptual: “Investigo el poder que ejercen los juegos de lenguaje para manipular, modelar, justificar, la exclusión, obstrucción y perversión de nuestras capacidades. Muestro cómo la Propiedad Privada es la piedra fundacional del discurso-hegemónico, que afirma como inherente a la condición humana un orden productivo para adquirir un territorio seguro. Planteo la disputa por el sentido común. Instaurar nuevos principios primitivos que construyan un sistema a partir de ellos, con axiomas que respondan a la lógica de estos principios. Trabajo en el espacio público, provocando desestabilizaciones en el paisaje  humano, urbano o rural. Y aun cuando mi trabajo implique ponerme en riesgo, busco más allá del peligro, pensar las otras nuevas formas  de escapar a la regulación.”

 

Detrás de un cartel no hay inocencia sino una historia de sangre y fuego disimulada con el Código Civil y protegida con el Código Penal, es decir, con el poder punitivo del Estado ganador y la pereza teórica de todos nosotros que aceptamos como natural la expropiación privada. Las buenas costumbres están hechas de olvido o resignación. Pero Barres sabe que hay núcleos de buen sentido que permanecen intactos en el fondo de la conciencia que solemos averiguar en la repulsión que provocan aquellas palabras que perturban el paisaje.

 

Barres fue testigo de cómo fue cambiando el paisaje y su gramática en las últimas décadas. “Prohibido pasar. Propiedad Privada”, es la leyenda que se repite de un paraje a otro en toda la Patagonia y la cordillera. Ese sigue siendo el slogan de rigor utilizado por los propietarios para bloquear o restringir el acceso a las personas ajenas a la empresa o su linaje, una frontera que solo podrán allanar las personas utilizando las contraseñas adecuadas que, dicho sea de paso, suele escribirse en millones de pesos.

En torno a la inseguridad se ha ido componiendo una gramática universal. Porque sepamos o no leer y escribir, esas frases las entiende todo el mundo, son imágenes-fuerzas hechas de advertencias y amenazas solapadas que reponen el miedo y la mala conciencia en la vida cotidiana. Porque como dijimos recién, detrás de un alambrado de espino puede haber un perro malo, un vecino alerta armado hasta los dientes o un propietario que contrató los servicios de empresas de seguridad privada o mercenarios dispuestos a abrir fuego contra todos aquellos que pongan un pie donde, según los notarios, no les corresponde. La ley los ampara, la propiedad es privada y los propietarios tienen el derecho a defender su morada a los tiros si es necesario. Los patrones saben que “esto es mío” pero saben también que los cuerpos son irreductibles y que por eso mismo conviene no relajarse y vigilarlo rigurosamente. Siempre hay un anarquista dentro de nosotros que nos recuerda que “la propiedad es un robo”.

 

Por eso, allí donde hay poder hay resistencia, donde hay propiedad privada habrá convite, don.  

Cristina Barres se dedica a descolgar los cartelitos que recuerdan a los transeúntes despistados o no tan despistados que la propiedad sigue siendo privada. “Desactivar los artefactos” –dice- para “recuperar el paisaje”. Sus únicos instrumentos son una tenaza, la pinza y el destornillador. Barres se mueve como un cazadora furtiva, creando sorpresas, aprovechando las oportunidades que se le presentan a su paso. Como dice Michel de Certeau, parafraseado a Clawsewitz, a quien Barres sigue de cerca: “la táctica es el arte del débil”. Cuando no se tiene un espacio propio porque se le ha despojado del territorio, puede convertirse al tiempo en un aliado y “tomar al vuelo las posibilidades que ofrece el instante”, “utilizar las fallas que las coyunturas particulares abren en la vigilancia del poder propietario.” “Crear sorpresas” y “estar allí donde no se le espera”. Barres es astuta, se mueve como un fantasma. Este no-lugar le permite una gran movilidad. Barres debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza extraña que se dedica a clausurar los espacios públicos. Abrirlos otra vez, devolverles el carácter comunitario, implica una jugarreta artística que sacuda los cimientos gramaticales del poder terrateniente. Arrancar del paisaje ese objeto extraño y hostil, que tiene la capacidad de volver aún más extraños a todos aquellos que no pueden demostrar sus credenciales. Descolgar esos cuadros es una manera de cuestionar el uso exclusivo de la naturaleza, recordarnos que las cosas pueden ser de otro modo.

 

El proyecto de Barres nos recuerda las palabras de Rousseau, y al hacerlo abre un espacio de reflexión en torno a una disputa que no pertenece al pasado sino que sigue pendiente: “¡Cuantos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no habría evitado al género humano aquel que, arrancando las estacas o allanando el cerco, hubiese gritado a sus semejantes: ‘Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra no es de nadie!’”




 

Para ver algunos proyectos de Cristina Barres pueden consultar los siguientes link:

https://www.youtube.com/watch?v=r8PLW99CtO4

https://www.youtube.com/watch?v=KWyacvsvpwo

https://www.youtube.com/watch?v=xzPJ3m02WaE

https://www.youtube.com/watch?v=z9QPXlL-HmE

LABORATORIO DE ESTUDIOS SOCIALES Y CULTURALES  -  lesyc@unq.edu.ar

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