Sara cazalla

Puños, patadas... abrazos

Sobre la propuesta visual de Sara Cazalla para pensar las violencias

 

“Hay dolores que han perdido

La memoria y no recuerdan

Que son dolores”

(Poema de Graciela Pernas Martino

—detenida desaparecida—en Pájaros Rojos)

 

Por Inés Oleastro

 

 

La violencia nos toca la puerta a diario, esa que se narra en lo cotidiano. Esa que nos sale de adentro, esa por la cual seguimos caminando cuando nos rodea. Ni miedo, ya, le tenemos. Naturalizamos una “buena” cagada a palos. De qué se tratan esas violencias que nos acorralan, por las que nos hemos dejado acorralar.

 

Lejos de los latiguillos de la violencia policial, Cazalla nos invita a pensarnos en esas violencias. Interpelar nuestro sentido más popular, ese que parece ubicar a la violencia en la vereda de en frente, en la que no estamos, a la que juzgamos. Pero que nos sorprende en nuestros más profundos sentires. Que nos sorprende con una bronca irreconciliable, pareciera, con formas de ser, pensar y actuar diferentes a las nuestras.

 

Esta la policía, claro, con los bastones largos y las prácticas que recurrentemente criticamos, condenamos, denunciamos. De las cuales nunca nos queremos acostumbrar. Sara nos lleva a la cancha, a las cocinas de nuestras casas, a las oficinas, a las calles, a las ferias.

 

Qué pasa, me pregunto, me preguntan estas imágenes, con esxs pibxs en esas canchas de fútbol, ese terreno donde somos felices, jugadorxs, hinchas, dirigentxs, en una explosión donde vale sentir a lo grande. Eso, parece, nos habilita a todo. Qué pasa, me sugiere la imagen, con esos tipos de traje y corbata que se pasean con superioridad moral y que se terminan midiendo cuánto se la bancan con los puños de sus manos incrustados en los otros. Serán los ignoradores de realidades, esos que pasan caminando de largo con las violencias de la vida cotidiana, esas que se traman en lxs pibxs que piden un mango, que limpian un vidrio, que joden por la calle. Esxs que tiran un trapo y venden lo que les queda, esxs que se las rebuscan en las ferias populares.

Qué pasa con esas otras violencias que se hacen las sigilosas, las silenciosas, las escondidas. Esas que someten a las pibas a como vestir, a como ser, y qué hacer. De los pelos si hacés mal, tapadita mirando para otro lado si hay alguien cerca que puede tentar con ser disidente.

 

Qué pasa con nuestra paciencia, nuestra tolerancia. Cuánto podemos tolerar, qué podemos tolerar. Qué pasa con nuestra empatía. Cuándo deja de llamarnos la atención, de alarmarnos, de horrorizarnos un golpe a un pibe, a una piba. Cuándo nos acostumbramos a tanta muerte, a tanta violencia. Cuándo los datos se convirtieron en números antes que en historias.

 

Botinazo a la cara, sin escrúpulos. Me la banco porque tengo que bancar. Sigo jugando. Cada tanto un referí que quiere separar. Un compañere que me agarra del brazo “pará”. ¡Cómo puede ser que no puedas parar! La policía, el fútbol en la esquina, en la canchita del barrio, en la tele, son reflejos de que convivimos con la violencia, no en lo que vemos, en lo que hacemos.

 

De repente me detengo, una ilustración me trae algo diferente. ¿Es una pelea?¿o es un abrazo? La miro, la pienso, la siento.

Siento, o elijo sentir, un abrazo. De repente entiendo algo. La duda. La violencia al lado de otro millón de cosas. De un mundo que sigue andando, pero nos encuentra. Nos encuentra en este abrazo. En esto que elijo sea un abrazo. Elegir la imagen del abrazo en una secuencia de violencias que narran parte de nuestras vidas cotidianas es un acto político que nos define.

 

Si una pandemia nos azota y las violencias se recrudecen: de género, en las casas, en los trabajos, de traje o mameluco, en las canchas, entre pibas o entre pibes. Violencias policiales, médicas, mediáticas. En un contexto donde se naturaliza la muerte, donde nos hacemos de las malas noticias. Me cansé de leerme escribir violencias. Elegir el abrazo es una brújula y un hacia dónde, que quien sabe, nos haga cruzar esa vereda para entendernos en las violencias para salir de ahí.

 

Las pinturas de Sara nos hablan con colores, con la monotonía de las violencias, de las rutinas que se narran en sus grises y celestes ilustraciones. Otras, con la vivacidad e intensidad con que, muchas veces, también se nos presentan. Con sus trazos y sus pinceladas Sara nos transmite sensaciones. Nos hace sentir la mirada cuando es necesario, nos devuelve, en otras pinturas, rostros difusos que esconden su expresión. Como las violencias, los límites a veces son también borrosos. Y nos invita, en esta secuencia, a sentirnos interpeladxs.

Sara C. Cazalla

Nací a fines de 1980 en La Plata. Desde chica asistí a diferentes talleres de dibujo, pintura e  ilustración entre otros. En 2015 me recibí de Profesora de Pintura en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Aunque nunca ejercí formalmente, he dictado durante algunos años talleres para chicos y adultos. Participé de varias muestras colectivas y unas pocas individuales. Vivo en Villa Elisa.